Bond… James Bond… (DEP)

Ayer colgué yo esta posible portada entera y moría Roger Moore. ¿Será una señal de continuación y tendrá No con tu hija el mismo éxito que James Bond? #nocontuhija #tragicomediagrafica #proximoestreno #cómic #viñetas #tebeos #acuarela #adolescente #niñaadorable #ilustración

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Librerías…

Como Nico Melián abrió el otro día la veda en feisbuk y yo he recibido por mi cumpleaños algo que voy a tener que agradecer a mucha gente haciendo dibujitos, voy a colgar todo esto para empezar con unas cosas y seguir con otras.

El 8 de diciembre de 2013, allá cuando yo compraba El País, El Semanal salió con esta portada. A pesar ser un lector acérrimo y de que cuando voy a un sitio suelo entrar en sus librerías, yo no había estado en ninguna de las que allí se mencionaban (será que me paso el tiempo leyendo en vez de viajando), así que, supongo que cabalgando entre hacer un homenaje a la librería que tantos ratos me ha hecho disfrutar y entre no sentirme como un necio por no haber estado en ninguna de las que se suponen mejores librerías del mundo, ese mismo domingo escribí esto.

Aunque ahora que lo pienso, fue por colocar a El Puente en el lugar que se merece, cosa que, bien por desconocimiento, bien por ignorancia, no hicieron los mentecatos de El País.

08/12/13

Al llegar a Lanzarote, lo primero que hice fue pasear sin rumbo por todas las calles de la capital y entrar en los locales en los que figuraba “librería” en su letrero. En los tres primeros, no tenían más que el “Cincuenta sombras de Grey del año 2005”, que no recuerdo cuál era. A pesar de ser un comprador compulsivo de libros, salí de las tres con las manos vacías. Y en eso, en el punto equidistante entre el Puente de las Bolas, la Iglesia de San Ginés y la calle Real, en pleno corazón de Arrecife, llegué al El Puente. Sólo en el escaparate tenía más libros que las otras tres juntas. Al entrar, ese aroma a papel prensado inundó mis papilas olfativas o lo que sea con lo que uno husmea. No sólo eso, sino que además se mezclaba con la cuatricomía del cómic. Había llegado a un lugar donde no sólo tenían libros, sino que, donde quiera que estuviesen, también tenían ilustraciones. Aquel mismo día, mientras seguía olisqueando y pasaba las yemas de mis dedos por los lomos de los libros leyendo el título y el autor de cada uno (el Puente es una de esas librerías que tienen tantos libros que los tienen de canto. Supongo que saben que no hay que juzgar un libro por su portada), noté como alguien pasaba por mi lado, sacaba un libro de la estantería y con una voz grave recomendaba algo que no era el “Cincuenta sombras de Grey del año 2005”. O sea, que era una librería donde había un amplio catálogo de títulos y además, los controlaban con la sabiduría de amanuenses monacales.

Escogí el último de Tom Sharpe de aquel momento, “Wilt no se aclara” y la obra maestra de Frederick Peeters, “Píldoras azules”. Era la cuarta vez que lo compraba, puesto que si soy comprador compulsivo de libros, podemos aseverar con rotundidad que soy un drogadicto de las viñetas. Cuando fui a pagar, pregunté si tenían más cómics o sólo los expuestos. El señor que momentos antes hablaba de lo que no eran “Cincuenta sombras de Grey del año 2005” me dijo que no, pero que el experto era el otro, un joven de movimientos certeros y mirada astuta que me dijo que Píldoras azules estaba muy bien. O sea, que además entendían de tebeos.

Una vez que uno adquiere allí lo que sea, puede leer a Cortázar mirando al mar mientras pasea por la Avenida Marítima y ve ponerse el sol, desglosar a Unamuno en el mercadillo de los sábados, investigar con Vázquez Montalbán comiendo en cualquiera de los múltiples bares que rodean la librería, escuchar las campanas de Hemingway sentado en la plaza de la iglesia, escrutar a la gente de la calle Real mientras se pierde con Joyce, navegar con Melville en el Charco de San Ginés o incluso caminar hacia una cita hasta el renovado Gran Hotel leyendo “Cincuenta sombras de Grey del año 2005”. O sea, que estaba estratégicamente colocada.

No tardé en volver. Era difícil encontrar la librería vacía. Lo mismo había un chiquillo al que le habían encargado Platero y yo en el instituto, un lector entusiasta que se llevaba diez volúmenes de escritores rusos, checos, polacos y de alguna nacionalidad más excepto estadounidenses y sucedáneos, un futuro policía nacional al que le vendían los libros para ser policía, el típico que preguntaba por 20 libros y no se llevaba ninguno (¡cabrón!) o el otro típico que venía a por las “Cincuenta sombras de Grey del año 2005”. O sea, que parecía el lugar donde uno encontraba todo lo que quería.

En aquella época, yo trabajaba días enteros y libraba días enteros, lo que hacía que a veces entrase en la librería y pasase allí las horas. Veía como aquellos libreros atendían a un rosario de variopintos personajes (y créanme que atendían, créanme que era un rosario y créanme que eran variopintos) y entre unos y otros, yo les aburría con mis disgregaciones. Yo lo hacía inconscientemente, supongo que suponiendo que si podían con todos aquellos elementos que iban a preguntar por el “Cincuenta sombras de Grey del año 2005”, bien podrían con mi pesadez. A veces, hartados de mí y de mis peroratas, me encargaban leerme algo. Gracias a Norberto leí “Los girasoles ciegos” cuando no había salido la segunda edición y Jordi me obligó a leer “La maravillosa vida breve de Oscar Wao” antes de que la madre de Junot Díaz supiese que le habían dado el Pulitzer. O sea, que además de escuchar con paciencia de psicólogos, recomendaban con criterio y precisión.

O sea, que además del olor, control, de la sabiduría, de la situación, de la paciencia, de que uno encuentra de todo (incluso “Cincuenta sombras de Grey de 2005”) y de saber de tebeos, también entienden de libros.

Hoy, otro homenaje, pero ilustrado.